En sánscrito, la palabra para "aceite" es sneha, que también significa amor. No es casualidad: el Abhyanga, el masaje diario con aceite tibio que forma parte de la rutina ayurvédica desde hace siglos, siempre fue entendido como mucho más que una técnica corporal. Hoy, esa práctica milenaria empieza a recibir un respaldo que va más allá de la tradición: la ciencia occidental está documentando efectos medibles sobre el estrés y el sistema nervioso.
Según reportó recientemente la Escuela de Ayurveda de California, un estudio publicado en el Journal of Traditional Medicine and Clinical Naturopathy encontró que la práctica diaria del abhyanga puede generar beneficios concretos y sostenidos para la salud física y emocional. El dato se suma a evidencia previa: un estudio de 2011 publicado en el Journal of Alternative and Complementary Medicine sometió a veinte personas a una sesión de una hora de abhyanga y registró una reducción significativa del estrés, junto con una frecuencia cardíaca y presión arterial más bajas en quienes tenían predisposición a la hipertensión.
Los investigadores explican el fenómeno a través de un mecanismo bastante concreto: el masaje con aceite activa millones de receptores sensoriales en la piel, que responden simultáneamente al tacto, al calor del aceite, al estiramiento cutáneo y a la presión ejercida durante el masaje, un estímulo combinado que el cuerpo interpreta como seguridad y cuidado, favoreciendo la liberación de hormonas asociadas al bienestar como la oxitocina.
Lejos de tratarse de un simple gesto estético, los textos ayurvédicos clásicos como el Charaka Samhita ya describían el abhyanga como una práctica capaz de fortalecer los tejidos, mejorar la calidad de la piel y volver al cuerpo más resistente frente al desgaste cotidiano. Lo novedoso es que, casi dos mil años después, parte de esos efectos empiezan a tener nombre y mecanismo dentro del lenguaje de la ciencia moderna.